Siguiendo la pista (II)

En realidad no sabía que hacía allí. ¿Por qué me había metido en esto? Mi vida era normal, bueno, algo así, da igual. Rutina: esa era la palabra clave. Rutina que se rompió aquel día hace solo un par de semanas, suficientes para hacer añorarla a alguien que se pasa el día maldiciéndola. La seguridad de saber qué va a pasar a continuación, o simplemente, ir tomando con tranquilidad y a sorbos la vida. Pero era tarde ya, me había hecho caso por una vez en mi vida y había seguido mi propio instinto hasta el ojo del huracán, esa curiosidad innata con la que responder aquellas preguntas que asaltaban sin parar mis pensamientos. Ahora me encontraba allí, en una especie de búnker, a no se cuántos metros bajo tierra, en un lugar perdido de la mano de Dios por una estupidez, que podría acabar con todo por lo que había luchado hasta el día de hoy. Pero no fue así.
Ante mí se encontraba una mujer desconocida aunque eso no me impidió sentir la fuerza de su mirada y un atractivo nada común, que me hizo sentir como si nos conociéramos de toda la vida, y la sonrisa posterior que me dirigió, como si fuéramos confidentes.
No sabía qué decir a parte de un ‘genial’ que bloqueaba mis pensamientos nada apropiado para la ocasión, así que sin mediar palabra, la seguí cuan acólito por la sala.
La sala llevó a otra, y ésta a otra a su vez. En todas ellas había gente trabajando que se paraban discretamente durante un segundo a mirarme, y seguían a lo suyo. Era extraño pues el silencio sólo era roto por pequeñas conversaciones tapadas por el sonido predominante del sistema de ventilación. Nunca había visto a gente trabajar de forma tan ordenada y silenciosa. Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando la mujer desconocida se paró delante de una puerta a la cual llamó y asomando la cabeza dentro, dijo algo que no pude captar desde mi posición. Se volvió hacia mí y con una sonrisa me hizo un gesto para que entrara. Devolví la sonrisa y entré obedientemente, cerrándome la puerta nada más que la hube traspasado.

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