Siguiendo la pista (IV)

– ¿Pero qué cojones te pasa? ¿Qué quieres, que te maten? ¡No puedes ganar!

Tenía razón. Cambié el cargador de mi Desert Eagle y observé que se había quedado una bala dentro del antiguo: la saqué, la puse entre mis dedos y la miré con un solo ojo, como si fuera un brillante joyero.  Acto seguido miré a mi compañero con sonrisa complaciente mientras guardaba la bala en el bolsillo de la chaqueta. – Ellos son los que quieren matarme y por ahora no les ha salido muy bien la jugada – Me engañaba a mí mismo.  Habíamos estado corriendo durante días, intentando seguir un pequeño rastro que se iba diluyendo poco a poco y que se había llevado demasiadas vidas por delante.
Ahora sólo quedábamos el maestro y yo, allí, en el rellano del tercer piso de un bloque en mitad de la calle Roscoe, con una mezcla de sudor y sangre en nuestros rostros unido al cansancio acumulado por la eterna acción que nos rodeaba; a salvo, por ahora.
– ¡No me jodas! Al principio pensaba que iban a por nosotros, pero después de todo lo que ha pasado, que sigan detrás solo puede significar una cosa: que te quieren a tí, vivo o muerto. ¡Y no pienso jugarme más el pescuezo por tí si no me dices lo que está pasando!
El maestro. Es un mote que le pusimos en el grupo, porque era muy difícil que perdiera los nervios, siempre actuaba con gesto tranquilo, con calma. Cuando nos sacaba del entuerto siempre nos daba una “clase magistral” de como se hacían las cosas, aunque por primera vez el mote de maestro no le pegaba nada; aunque igualmente, tenía razón.
-Tienes razón. Es hora de que me mueva solo, confío en que no sea un graduado a la fuerza, maestro.  ¿has jugado alguna vez al rol?
Por primera vez, maestro no sabía lo que estaba pasando por mi cabeza y se sintió fuera de juego.  Había llegado la hora de actuar: nunca me había gustado este juego, no me habían gustado sus reglas, ni sus jugadores, ni el objetivo del juego; descubierto por casualidad, forzado a entrar en él, había llegado la hora de que todos jugasen a mi propio juego. Eran demasiados para mí, pero no en mi propio juego; les haría perder toda su ventaja, era hora de que fueran ellos quienes dieran vueltas en redondo y acabaran  en el mismo sitio sin encontrar lo que buscaban, de sentir el sudor recorriendo su cuerpo y no tener tiempo para pararse a secárselo sin el temor de encontrarse a los pocos segundos una bala alojada en su cabeza.

Recordé las palabras de Marko Vukmudar hace tantos años en aquel búnker, y el libro que me había acompañado desde entonces: el Nuevo Testamento:
-Judíos… pensaban que Jesús no era el mesías, porque no les dió lo que querían: un comandante para sus ejércitos. Pero lo que les había dado era algo mucho mejor: una forma de vivir, una forma de combatir, una forma de morir. Ellos no lo entendieron, pero estoy seguro que tú, lo entenderás…
En verdad nunca lo entendí, hasta aquel momento.
-Que si has jugado alguna vez al rol, ¿es tan difícil la respuesta? – Bueno, sí, pero hace mucho tiempo de eso, no sé a que viene eso ahora. – Voy a organizar una partida, y tu serás el master. – ¡No tenemos tiempo para juegos! – ¿Ah, no? Pues este será un juego en el que nosotros ganamos, y ellos pierden.

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