Siguiendo la pista (V)

Y ellos pierden… ¿Pero quienes eran ellos? Aún no lo sabía, cada nombre al que llegábamos resultaba ser el nombre de un don nadie, ascendíamos de escalafón en esta enigmática organización, pero siempre descubríamos que el organigrama era mucho más grande de lo que imaginábamos. Hacía ya tiempo que me había separado de Maestro, aunque aún podía sentirle respirando en mi nuca, vigilando mis movimientos desde un lugar oculto pero seguro, teniendo en cuenta que aún seguía con vida. Lo había convertido en un narrador omnisciente, omnipresente y todos esos conocimientos me los transmitía por el pinganillo… formábamos un buen equipo. Ahora manejaba la situación como si de un videojuego se tratase, un shooter en primera persona, en donde el protagonista se resiste a recibir un balazo entre una nube de proyectiles. Ese era yo. Me había convertido en el protagonista, en el protagonista de un juego oscuro, en el que el enemigo maldecía mi nombre y temblaba solo de saber que andaba cerca. Así era yo. Les atacaba a plena luz del sol, les hacía salir de sus escondrijos como cucarachas, para luego descansar de noche. Cuando se habían acostumbrado a huir de día y refugiarse de noche, les atacaba en plena noche. Cuando pensaban que llegaría solo, llegaba con el apoyo de jóvenes bandas que me ayudaban y disparaban con el único objetivo de formar jaleo y pasarlo bien; cuando esperaban un ataque frontal, les atacaba por la espalda, cuando esperaban una lluvia de proyectiles, les asfixiaba con humo. ¿En qué me había convertido? Era una leyenda urbana. Mi nombre y mi rostro borroso aparecían en graffitis que me alababan o maldecían, me engrandecían o se mofaban de mí. Me había convertido en lo último que pensaban antes de acostarse, en lo primero al levantarse; me había convertido en su peor miedo: me había convertido en el ángel de la muerte. Y nadie quiere morir. Y eso me había dado algo muy valioso a estas alturas: respeto. Respeto de la gente de a pie, de los arrabales y de todo rincón oscuro de la ciudad. Nadie quería enfrentarse a mí, nadie quería enfrentarse a la muerte. Ahora ellos estaban un poco más solos…pero no era suficiente. Tenían que sentir mi aliento a sus espaldas, mi sombra cruzándose en cada esquina y para eso, necesitaba saber quienes eran, dónde se escondían. Un día, mi suerte pareció cambiar. Pero cuando las cosas cambian nunca se sabe realmente si es a mejor o peor. Miré la pantalla del móvil, donde lo único que podía leerse de la llamada entrante era “desconocido”. No había que ser muy listo para saber que era una llamada oculta. Fuera quien fuera, si quería descubrirlo tendría que contestar. – Ha costado mucho dar con usted, no se lo pone fácil ni a quien quiere ayudarle… – Ya me han ofrecido bastantes manos al cuello, gracias. Me disponía a colgar, pero escuché como mi interlocutor al suponer mi movimiento, gritó al auricular: – ¡Sé lo que está buscando! ¡Puedo ayudarle a dar con ellos! ¡No cuelgue! Suspiré antes de volver a colocarme el teléfono en la oreja. Sabía que aquello no tendría vuelta atrás. -Está bien. ¿Conoce la calle Juan Cronomberg? Hay una tetería en el sótano. Esté allí dentro de dos horas, tómese un té Rou Gui. Le hará falta.

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