Siguiendo la pista (VI)

Me había preparado para aquel día durante mucho tiempo, quizás demasiado. Cuando preparas algo demasiado, no te conformas con la realidad del hecho que has preparado, siempre quieres que sea perfecto, al detalle, sin permitir una mínima desviación de lo que tenías en mente.
Muchos grandes hombres habían caido por culpa de sus propios sueños, no por intentar llevarlos a cabo, si no por haberlos preparado demasiado.

Aquel podía ser mi caso.

La calle Juan Cronomberg se encontraba a solo dos manzanas de donde me encontraba, por eso cité al contacto allí; tenía tiempo de sobra de preparar el terreno, no quería encontrarme con ninguna sorpresa al llegar: si había sustos en aquella película de serie b, prefería que fuera en los créditos.
Una vez allí, conseguir que el dueño que además era conocido mío, me dejara hacerme pasar por uno de sus trabajadores no fue complicado, teniendo en cuenta su predilección por las apuestas y que pasara lo que pasara, iba a trabajar gratis para él; es más, le hacía gracia.

El local en aquel momento no tenía excesivo ambiente y el que había, no consumía mucho, supongo que embelesado por la muchacha que realizaba un pase de danza del vientre para los clientes. Había demasiada tranquilidad y era algo que no soportaba, ya no sabía lo que era relajarse, siempre activo, atento, al acecho; no me quedaba rincón por examinar del local y no encontraba a nadie sospechoso entre la clientela. Con este panorama, la visión de la muchacha con  aquella enigmática sonrisa consiguió que acabara apostado en una columna, mirando fijamente como su serpenteante cuerpo se movía sinuosamente al ritmo apasionado de la música. Sin darme cuenta, caí hipnotizado por el frenesí del baile y el encanto de la muchacha, a la vez que venían a mi mente viejos y dolorosos recuerdos apostados en apartados y oscuros rincones de mi mente.

Ya no estaba allí. Ya no importaba nada. Ni la extraña organización a la que enfrentaba, ni sus sicarios, ni siquiera que mi corazón siguiera latiendo importaba: solo importaba ella.
De repente estaba allí otra vez, como antaño, mirándome con sus tiernos ojos azules, sonriendo con esos labios rojos carmín, mientras los destellos del sol se reflejaban en su rizada melena: seguía siendo mi momento. Una mezcla anestésica y venenosa empezó a recorrer mis venas como lo había hecho miles de veces en los peores días de mi vida; una mezcla que aunque no era letal, te paralizaba y te dejaba indefenso ante la crueldad del mundo.
Por suerte la clientela del local no tenía la misma concepción del espacio tiempo y las gargantas ásperas que esperaban un trago que las saciara, centraron mi atención, consiguiendo sacarme a duras penas de mis propios sueños.

-Camarero, en cuanto pueda, póngame un té Rou Gui.

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