Siguiendo la pista (VII)

– ¡AHHhhhh! – Inspiré aire fuertemente, agarrándome a la vida, igual que cuando buceabas a pulmón buscando tus límites y llegabas extasiado a la superficie.

– Parece que ha vuelto en sí, sus constantes vitales se estabilizan. -Estaba en una camilla, rodeado de enfermeros que me observaban impertérritos, mientras mis heridas me hacían sentir como si estuviera en llamas por dentro.

El contacto estaba muerto. Podía haber evitado todo aquello, pero ya era tarde. Me había distraído, no me había fijado en los sicarios que entraron al local siguiendo de cerca al contacto.

– ¿Le gusta mucho ese tipo de té, o es la recomendación de algún amigo? – Pregunté, al fin y al cabo, parecía el camarero del local.
– No puedo decir que me lo haya recomendado un amigo, pero sí alguien bastante peculiar con el que he quedado. ¿Le conoce?
– Es lo mismo que me pregunto de vez en cuando al espejo cuando me miro. – se metió una mano en el bolsillo que me hizo preguntarle con la mirada que iba a hacer – Tranquilo, quiero darte una cosa. Me ha costado mucho encontrar la forma de sacar esta información sin que me la interceptaran, no hay manera de meter o sacar información ni en papel ni en formato digital sin que alguien lo sepa: todo lo revisan al milímetro, no les gustaría que la gente supiera lo que allí pasaba. ¿Sabe de fotografía? Le vendría bien aprender un poco antes de lanzarse a sacar la información de este carrete. – Un carrete de fotos. No sé cuántos años hace que no veo uno de esos. Recuerdo que mi padre me compró una cámara desechable una vez, eran buenos tiempos, cuando la gente no estaba pegada a un ordenador para vivir.
-¿Por qué lo haces?
-¿Por qué lo haces tú? – Tenía razón. Ni siquiera yo sabía la razón de todo esto. – No me han dejado otra salida, eres mi única esperanza. Espero que al menos mi familia se enorgullezca algún día de este gesto, porque no creo que lo hagan del resto de mi vida.
-Te traeré el té. -Me guardé el carrete en el bolsillo mientras me giraba dirección a la cocina, con tal suerte que mi mirada cayó en un espejo por el que pude ver como los sicarios sacaban sus armas. Tiré la bandeja a uno de ellos mientras sacaba mi beretta.

La lluvia de balas que siguió a continuación fue corta pero intensa. Había vivido esto muchas veces, pero hoy la suerte parecía que me había dado la espalda. Me tiré al suelo mientras disparaba al primer sicario, que de un disparo certero acabó con el contacto, mientras mi bala hizo que su vida tampoco se alargara más que varios segundos. Ya desde el suelo pude ver que había acertado con la bandeja en el cuello del segundo sicario y se debatía entre llevarse las manos al cuello por el dolor o apuntarme para acabar conmigo: demasiado tarde para pensárselo, amigo. Me levanté para huir de allí cuando noté como mi cuerpo se  estremecía por el impacto de un par de balas contra mi pecho, lo que me hizo en un acto reflejo girarme en la dirección del impacto y acabar con el tercer sicario. Se me había olvidado que ellos siempre iban de tres en tres, un descuido mortal.

El miedo daba alas a los hombres y esta no era una excepción, salí del local entre la confusión que se había generado por el tiroteo y encontré un taxi casi en la puerta sobre el que me abalancé, abrí la puerta y sin pensarlo dos veces me tiré dentro, mientras el taxi arrancaba a toda velocidad incluso con la puerta abierta, que se cerró suavemente debido al gran acelerón que pegó el taxista.

-No me lo diga: ¿Al hospital, eh?

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