Siguiendo la pista (VIII)

Sentía como perdía las fuerzas poco a poco. Mi vista se nublaba, no sentía los brazos ni las piernas y los sonidos se atenuaban dando paso a un oscuro silbido en mis oídos.

— No te preocupes por la tapicería, cuando estés bien tendrás tiempo de sobra de limpiarle el taxi a este pobre viejo.

La voz del taxista me sonaba extrañamente familiar, pero en mi estado, las cosas nunca son lo que parecen.

— ¿Por qué me ayudas?

— No te ofendas, te has montado en mi taxi con dos balas en el pecho, que mínimo que llevarte al hospital, ¡cualquiera me hubiera acusado de denegación de auxilio!

El viejo tenía razón.

Me quedé ensimismado con el traqueteo del viejo taxi, mientras veía en mi cabeza representada una y otra vez la escena que acababa de montar en la tetería desde diversos ángulos; las caras de pánico de los que huían, la mirada perdida del contacto mientras la sangre le recorría el rostro, las balas que recorrían el espacio que les separaba de mi pecho e impactaban con violencia… el carrete. Lo saqué de mi bolsillo donde había estado todo el tiempo. Era la única pista, una pista que había costado fuego y sangre y que ni siquiera sabía si podría ver algún día.

— ¿Te gusta la fotografía? Hace años me aficioné al encontrar un viejo carrete.
— La verdad es que no me ha dado tiempo a aficionarme todavía.
— Tendrás tiempo, te lo aseguro ¡pero sigue apretándote las heridas si quieres volver a ver el sol! Como te iba diciendo… ah sí, en el hospital te van a dejar sin nada, ya sabes como va eso, las cosas se pierden… si quieres guardar algo importante dímelo, tengo una amiga enfermera, se quedará con tus cosas mientras estás en el hospital. Espero que no quieras guardar un arma, no creo que a mi amiga, por muy amiga que sea le haga mucha gracia. —Asentí con la cabeza mientras guardaba como podía el carrete en el bolsillo.
— No se preocupe, la dejaré aquí.
— ¡Llevas un arma! — Rió despreocupadamente el taxista —¡Qué tío! Pareces sacado de una película.

La tranquilidad del taxista llevando a un hombre armado que le estaba poniendo la tapicería perdida de sangre, fue algo que hizo que me hirviera la poca sangre que me quedaba.
— ¡Está usted loco!
— He vivido lo suficiente como para no sorprenderme de nada, muchacho. — El taxista dio la charla por terminada al ver que estaba un poco más vivo que cuando entré en el taxi y puso la radio donde sonaba un viejo tema de Iggy Pop.
Habíamos llegado a la puerta de urgencias, el taxista se bajó dando voces para que salieran a recogerme la gente del hospital. Trajeron una camilla, me tumbaron y empezamos a recorrer a toda velocidad pasillos del hospital mientras los médicos daban sus primeras impresiones, camino obviamente de algún quirófano. El taxista apareció de repente acompañado de una enfermera, supongo que sería su amiga. Viendo llegar la puerta a la que ya no le dejarían pasar, el taxista me agarró la mano en señal de despedida. Seguía habiendo algo que no encajaba en todo aquello.
— ¿Cómo sabías que tenía dos heridas de bala? — Me devolvió una sonrisa cómplice que contemplé mientras se cerraba la puerta del pasillo.

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