El enemigo

– Señor Anderson… Compruebo que es usted tan previsible en este mundo como en el otro.
– ¿Qué?
– ¿Está confuso, señor Anderson? En seguida lo comprenderá todo…
Esto le suena, ¿no es así? Usted y yo ya hemos pasado por esto, ¿se acuerda? Yo sí. No pienso en otra cosa.
– ¿Quién eres tú?
– ¿No me reconoce todavía? Sí, admito que es difícil pensar cuando se está encerrado en esta masa de carne pútrida, cuyo hedor convierte cada respiración en una nube asfixiante de la que no se puede escapar. Qué asco. Fíjese en esta fragilidad tan penosa. Algo tan endeble no puede sobrevivir.
– ¿Qué quieres?
– Quiero lo mismo que usted. Sí. Eso es, señor Anderson. Mire más allá de la carne, de la gelatina mórbida de estos ojos anodinos y vea a su enemigo.
– No.
– Sí, señor Anderson.
– No puede ser.
– Puedo ir a cualquier lugar y encontrarle allá donde usted vaya.
– Es imposible.
– No es imposible. Es inevitable. Adiós, señor Anderson.

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