Siguiendo la pista (XI)

Un día la verdad llega a tí en cualquier esquina. Momento en el que entiendes que la pequeña línea que separa el bien del mal no es más que el ruido con el que lleves a cabo cualquier acción.

Cualquier acción no es ni buena ni mala por el mero hecho de ejecutarse.

A nadie le gusta que la corrupción ni la mafia campe a sus anchas en su ciudad, pero la gente tampoco quiere que nadie acabe con ella haciendo ruido. Esperan levantarse un día de la cama y la ciudad esté limpia, como si de un basurero silencioso se tratase. Sin embargo igualmente esperan que cosas como devolver una cartera extraviada sin faltar nada en ella a su dueño sean acciones proclamadas con altavoz si hace falta para que el ruido y el jolgorio sea ensordecedor. Aunque el que la encuentre sea un padre de familia que lleva seis meses en el paro con tres bocas más que alimentar y la cartera sea de un empresario sin escrúpulos.

Había hecho demasiado ruido, nunca se me ocurrió poner un silenciador en las armas que manejaba. Había jugado con el ruido, tanto como para haberme convertido en un icono de lucha en los suburbios de la ciudad, que habían dejado de estar controlados por el miedo, el arma preferida del cártel dominante. Les había provocado muchas bajas, pero la mayor de ellas siempre fue la moral y la sensación de que no tenían tanto poder como intentaban hacer ver a sus extorsionados vecinos.

Realmente a nadie le importaba que lo que estuviera haciendo estaba mal:  las autoridades me hubieran aplaudido por hacer parte de  su trabajo y ahorrarles la otra parte si no hubiera hecho tanto ruido; la prensa me hubiera tratado como a un héroe en vez de como un criminal si les hubiera mandado material en exclusiva sobre mis próximos movimientos e intenciones.

Pero ya nada de eso importaba.

Se hizo el silencio al cerrarse el ataúd en el que me encontraba: pensaban que estaba muerto. Como cuando explota una granada cerca de uno y deja un silbido y un silencio aterrador en nuestros oídos, el incidente en la tetería y mi simulada muerte posterior consiguieron el mismo efecto.
Así conseguí salir del hospital sin que mis perseguidores, tanto la ley como la organización a la que me enfrentaba pudieran, sacar ni una palabra ni una gota de sangre extra de las que ya había dejado en mi camino.

-Se te tiene que estar pasando el efecto de lo que te hemos dado, será mejor que te tomes unos analgésicos – Maestro me sacó de mis cavilaciones en la tranquilidad del ronroneo del coche de la funeraria – si alargas la mano derecha, deberías encontrar un par de cápsulas dentro del ataúd.

Alargué a tientas la mano buscando los analgésicos.

-Pero contesta hombre, ¿estás despierto? – Inquirió Maestro al no escuchar respuesta.
– Tranquilo, estoy bien. ¿Dónde están los analgésicos? No los encuentro.
-Busca un poquito más, estoy seguro de que te los dejé ahí.
-Está bien.

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